Voy
por esta ancha avenida comprando fresias a tres pesos.
No
se tu número, tampoco tu esquina,
ni el vino que estás bebiendo.
El chabon
de la puerta me mira de arriba a abajo
y pregunta si estoy invitado.
Pulso una tecla hacia la salina más vieja de mi pueblo
y pienso en un trago que tiene tu nombre.
De pronto la electricidad me asusta,
no me gusta la gente que asegura
que en el pastel está su nombre.
Veo mis hermanos y brindo por ellos,
y pienso en los barrios sumergidos.
Veo la frutilla que rebalsa el plato,
y veo el glamour de los besos prohibidos.
Son rostros que te extrañan, son rostros que te escriben.
Una burbuja de vino
golpea mi cabeza,
y veo mi corazón de jean y mi alma hecha mierda .
Y
digo, ¿por qué estoy aquí?.
Parado entre voces que no me responden.
Y
brindo por tus primaveras madre del polen sedentario.
Trigo, luz de mi chacarera.
Y dejo que la noche traiga su poncho de vino y esperanzas nuevas.
Y lo veo
a mi hermano y brindo por ello,
por los changos y por sus siestas,
y enanco
una copla nueva que tiene cuero, furia y tierra.
De pronto suena un timbre
y el vaso me rebalsa,
y la furia me renueva, y veo dos hombres de azules,
que meten chapa entre la algarroba nueva.
Y digo: ¿a mi me gustas? ¿soy yo
el que corrompe tu fiesta?.
Aprieto la mano y llamo a mi hermano,
que
en el ascensor me espera
con una copa llena de flechas y el sueño de una quimera.
Estamos bebiendo -le dije- por qué golpeas a esta puerta.
Mi amigo me toma
de la mano y me dice
-No te inmoles, no te mueras.
Es certero el microchip
de la cultura.
Es tan solo una flecha que se acerca a herir tu corazón,
que quiere sembrar una savia nueva.
Estamos festejando el cumpleaños de la
tierra,
si nadie se para y reclama,
es que estás esperando una bala a
tu corazón de ausentes madrugadas.
Duende Garnica