Vértice
habitador de la luna y el fusil
que empuñas cuando nace la vida.
Pétalo
de barro encendido y plural
como un pentagrama de lluvia y maíz.
Tus
caderas de cordillera y mares tibios
alcanzan el corazón del mundo.
Con tan solo exhalar una palabra tuya,
diamante azul de las mañanas mías,
que en nombre de madre, hija y amor,
me trepas la espalda con tu ungüento.
Los días te traen en andas brocal,
y flor con tus palabras de viento
infinito
cosechando las estrellas de este mundo
que se muere sin el latido
de tus labios
y sin el torrente de tus pechos de vida.
Mujer que esperas
en la esquina, en la fabrica,
tendiendo el mantel digno, estirando una ráfaga
de premura.
Así mis pasos enciendan tu nombre
compañera de andar a contraviento
hecha madera.
Copla sin rimel ni queja,
de a pie, descalza y fértil en
la hondura de un beso de fuego.
Tu voz retumba en las comisarías
buscando
a tus hijos y tu huelguista.
Tus ojos trepan las cosechas
cuando al
amanecer sosiegas el surco cantando.
Tu silueta sabe de plazas,
y reclamos
enarbolando el sublime gesto de lucha.
Aquí estoy esperado tu torso de luz,
tu antiguo abrazo mineral, mudo,
tu rezo de mantilla, de plegaria y
risa.
Mujer, planeta redentor de este pulso que se vuelve indómito. Pájaro
frutal para amanecer dormido en tu regazo
y entonar tu canción de guerrilla,
de pan , de exilio, de musa sacral.
Y así saber quien mueve la molécula de
este mundo
que huele a tus gesto diario.
Duende Garnica
