Santiago
querido, viejo monte, llorado pago.
Estoy aquí sentado en el cordón de esta
ciudad
con un ángel tetrabrico, deshilachado y llorador.
Pienso en tus
hornos vencidos de pan y chipaco,
en tus patios llovidos de luna y guitarra.
Le pido fuego a este ángel chuschalo, indigente,
para encender mi copla
lejana y desnuda.
Este vértice de soledad muele alegrías churas
y al
pasar de las horas veo tu río dulce marrón.
Intento atrapar urpilas llenas
de siesta y silbidos,
y solo me trepa una soledad de vidala lejana.
Ni un pirpinto me habita estas manos urbanas
que intentan rasgar una vieja
y dolida chacarera.
Te han invadido el patio, los ranchos doblados,
el quesillo cuaja las horas llenas de exilio.
Por mi vientre repta una angustia
de hachas mudas
hasta el plexo solar del hambre,
de los brazos golondrinas
llenos de destajo.
SANTIAGO!!! viejo quebracho silente!!!
Tus hijos
babean los senderos machalos
tras la estrella de enero que humecta legüeros.
Ahí vienen ellos !!!,
a querer enderezar la algarroba, los senderos,
a controlar el barro.
Vienen por los tunales preñados de arrope azul,
vienen por las estrellas del monte y su madera, hay!!!,
de tus siestas de
alas amarillas y de rezos,
pobre salitral, que escuchara voces ajenas de
sal,
porque pocos hijos tuyos han levantado el fuego
para encender el
grito de los orkones machos.
¿Que tiento de acero ata las manos campesinas?,
¿donde están el rebenque y el mortero de luz?
¿donde moler
y machacar las injusticias?!!!
Tanto llanto, tanto dolor, madre, padre mío,
no llores acequia de labios pueblerinos.
Estoy tan lejos y cansado que
mi pecho grita
como un sachapuma que le han robau sus crios,
y la ultima
bordona no apaga esta distancia.
Ojo al charki!!!, guarda al que viene!!!.
Sujeten el alma a los quebrachos antiguos,
que nadie se lleve el vuelto
del challuero,
que ninguna usurpe las sisakellus y el poleo.
Apuntemos
el corazón de quien venga al pago,
apretemos el mistol molotov que guía a
la tierra.
Mi ángel se ha dormido, y los dos sin bondi.
Madre mía, tierra
de mis sueños,
no me duermo por los ranchitos y pueblos de sol y caminos.
Estoy tan lejos, estoy tan cerca que lloro
y un pedazo de mi ángel se hace
cartón y cae
para que algún santiagueño lo lleva a la villa,
donde una
vez quedaron soñándote.
SANTIAGO, no tengo donde ir, no se donde caminar,
de pronto mi ángel me guiña el norte mistolero,
y yo pienso en las alas
del regreso
y beso su frente de lustrin, de hondiador de penas,
y vuelvo
sobre el monte de mi herido pago,
como una serpentina de carnaval,
mojada
de antiguas lagrimas...
Duende Garnica